Primerizo en la sodomía – Parte 2

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Más de una vez nos reunimos a compartir una copa, ella estaba cansada del aburrimiento de sus contemporáneos, prefería la frescura de la juventud y yo, por otra parte, disfrutaba en su madurez, preocupada por cuestiones que resbalaban a mis coetáneos.

Casi de forma natural un día me invitó a su piso, donde ya había estado con mi amiga, y donde vivía sola. Quise pensar que quería que la acompañara porque se sentía un poco mal gracias al vino, pero ella no había tomado ni una sola copa, solo té. Yo si había bebido algo, pero no me sentía ebrio por aquello, por el contrario, me sentía un poco… ansioso.

Me convidó a sentarme en el sofá del living y que la esperara mientras iba al baño. Revisé un poco mi móvil, distraído y, cuando salió, me encontré con una mujer como no había visto nunca vestida en lencería, como envuelta en un envoltorio para ser abierta. Hice ademán de levantarme para comenzar pero me detuvo, haciéndome saber que ella tendría el control de la situación mientras colocaba algo en la mesa del café, que estaba en frente del sofá. Yo, presa de esa fiera, solo tendría que dejarme llevar porque, de una forma u otra, ya era su comida de esa noche.

Me beso, nos acariciamos, frotamos nuestras pieles. Todo parecía normal y natural hasta que se despojó de sus bragas y me hizo comerle el coño durante largo rato, disfrutando sus jugos. Luego se dio la vuelta, mostrándome su enorme culo, con un corazón justo en medio, consecuencia del plug que lentamente se quitó para mostrarme el orificio dilatado que me hizo comer, devorar y penetrar con mi lengua.

Aquello era una delicia para mí, un regalo del cielo. Pero ambos estábamos impacientes por el desenlace, que se llevó a cabo luego de que se colocara del lubricante que había puesto en la mesa del café.

Entrar en aquel milagro de culo fue una de las sensaciones más fuertes que he tenido, nunca he sentido tan vivo, mi corazón no ha vuelto a latir tan fuerte y mi polla no ha vuelto a estar tiesa de esa forma, tanto que se sentía como a punto de reventar.

Ella cedió el control, permitiéndome empotrarla como si no hubiera un mañana, embistiéndola con todas mis fuerzas entre gritos, gemidos y gruñidos de los dos. Al hacerle saber que me iba a correr, me dijo que lo quería afuera, sobre el orificio, no dentro del preservativo. Le hice caso, saliendo, quitándome el preservativo y frotando un poco, no mucho, lo suficiente como para expulsar aquello dentro de ella, que lo recibió como una descarga eléctrica, retorciéndose.

No he vuelto a tener suerte con las mujeres. Es decir, no he vuelto a conocer una mujer que disfrute en la sodomía y no he vuelto a intentarlo. Sigo siendo amigo de esa mujer, madura y jugosa, viciosa e insaciable. Seguimos saliendo a charlar de vez en cuando y, cuando me doy cuenta de que no ha ingerido ni una sola gota de alcohol, sé que me desea. No se tiene que molestar en preguntarme si la deseo porque, desde esa primera vez, su carne se ha convertido en una obsesión para mí y difícilmente disfruto tanto como disfruté aquel día con ella.

 

Fin.